Nadie viene a rescatarte (pero a veces alguien te sostiene)

Mira:

En 2018 conocí a un tipo.

No era especial.
No era famoso.
No era “caso de éxito”.

Era un hombre roto.

Separado.
Despedido después de más de 15 años en la misma empresa.
Denunciado.
Sin ver a sus hijos durante casi un año.
Sin casa.
Durmiendo en casa de sus padres.

Sin trabajo, sin identidad, sin futuro… y sin lágrimas.
Cuando llegas ahí, ya ni siquiera lloras. Solo sobrevives.

Decidí ayudarle.

No con dinero.
No con discursos motivacionales de Instagram.
Con presencia.

Un audio hoy.
Otro pasado mañana.
Ideas sueltas.
Reflexiones.
Cosas de la vida.
Negocios.
Mi hija.
Cómo veía el mundo.

Él no respondía.
Ni un “ok”.
Ni un emoji.

Durante dos meses.

Cero.

Pero seguí.
Como un martillo pilón.
No para salvarlo.
Solo para que no estuviera solo dentro de su cabeza.

Un día escribió.

Tenía trabajo.
Autónomo, pero trabajo.

Al tiempo, alquilo un piso pequeño, pero suyo.

En no demasiado había ganado los juicios.
Los tres.
Hoy tiene la custodia de sus hijos.

¿Fue gracias a mí?

No.

Lo hizo él.

Yo no arreglé su vida.
No lo levanté.
No lo empujé.

Solo hice una cosa:
estar.

Ser un punto fijo cuando todo era ruido.
Dar un poco de dirección cuando no había ninguna.
Recordarle —sin decírselo— que aún estaba vivo.

Nada más.

Y créeme:
a veces, eso lo cambia todo.

A veces consiste en sostener, nada más.

SOLO DOMINIUM

Un abrazo,
Luis